Opinión | ¿Qué es ser patriota? En defensa de Samalayuca

¿Qué es ser patriota? ¿Celebrar una falsa independencia o defender nuestro patrimonio y nuestra tierra? No hay independencia cuando nuestros recursos ya no nos pertenecen y se vende nuestra riqueza a los extranjeros quienes, indiferentes a la vida y a nuestro patrimonio cultural, han dejado más precariedad, en todos los sentidos, que progreso.


Manifestantes en el Desfile del 16 de septiembre | Fotografía por Jesús Castro

El pasado lunes 16 de septiembre cientos de personas se reunieron en la Avenida 16 de septiembre para conmemorar un año más la ilusión de un México que cumplió un año más de independencia; lo relevante fue que de esos cientos de personas quienes, con vestimentas tricolores y sombreros propios del periodo revolucionario, contemplaban y aclamaban tan colorido desfile el engaño de la independencia y sólo unos cuantos defendían aún nuestro territorio de los extranjeros; ahora se trataba de defender Samalayuca del ecocidio que los canadienses llevarán a cabo con total aprobación de todas las autoridades federales, estatales y municipales bajo la farsa del progreso con el que otras naciones ya nos invadieron hace mucho tiempo.


Todos hemos sido víctimas y cómplices, pues crecimos en la cultura del desecho, del consumo y del progreso que aniquila. Han dirigido nuestro pensamiento a través de varios medios para desvalorizar aquella gran riqueza que no se mide con términos monetarios; aquella que menos defendemos: la vida digna y sana. Por eso el apoyo de algunos ciudadanos hacia presidente seccional de Samalayuca, Javier Meléndez, quien dice que traerá el desarrollo a ese pueblo rico en cuestiones naturaleza e historia. Debería estar detenido por el hecho de querer vender toda esa riqueza a cambio de una mina. Y no sólo es eso, el cinismo de este individuo es tanto que en sus redes sociales atacó a colectivos como “Para que no nos mine la mina” argumentando que quienes exigimos que no se lleve a cabo este ecocidio ni siquiera hemos visitado a tan endémico lugar que ahora se encuentra amenazado bajo su avaricia. Pues es un asunto de gravedad que aquellos que tildó de hipócritas y ajenos al pueblo que gobierna defiendan más la riqueza de sus tierras.

No es de extrañar que tenga tanto repudio hacia los activistas, pues le recordaron que en 2013 condenó a la termoeléctrica de la Comisión Federal de Electricidad por la escasez de agua y ahora pretende poner una mina a cielo abierto que contaminara los, cada vez más escasos, mantos acuíferos que han persistido pese a la conquista del progreso que aniquila.



No es algo que se debe someter a discusión: las consecuencias de las minas son una lección que nos hemos negado a comprender: el progreso no se obtiene dañando los ecosistemas. ¿Qué le vamos a heredar a las futuras generaciones? La respuesta es obvia: puestos de trabajo mal pagados y una naturaleza agonizante. Tenga claro que no buscamos retener el crecimiento de su pueblo, sino agua limpia para todos y preservar el orgullo que Samalayuca con toda su riqueza que nos ha cautivado por tanto tiempo.


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