Crítica| Midsommar: horrorosamente real


Titulo original: Midsomar (2019). Director. Ari Aster. Protagonistas: Jack Reynor,Florence Pugh,William Jackson Harper. Fecha de estreno. 20 de septiembre de 2019 (MX).


Por Natalie Montoya

Existen cinco etapas del duelo: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Atravesar cada una de ellas consta de una hazaña dura, cruda y dolorosa; es un proceso que nos atraviesa tan fuerte que nos puede llevar a cometer actos que no serían propios de nuestra persona, cosas que no convencerían a los otros a que éstas fueron hechas por nosotros, debido a lo extraño del asunto. Termina con nosotros hasta llegar a un punto de quiebre o para terminar de romper lo que ya estaba destrozado.


El arte se inspira de los sentimientos humanos para crear una obra maestra; de hecho, entre más real sea ese sentimiento, mejor recibida será. Tiene que existir una fuerte conexión entre el artista y su creación para que consiga su cometido: darle un mensaje al espectador. El receptor tendría que tomarse segundos, incluso minutos, para terminar de asimilar lo que tiene enfrente, sea un poema o una pintura, y descubrir si aquello le resulta útil o no; si vale la pena seguir admirando esta obra que tiene delante de sus ojos o pasar a la siguiente.

Por ello, proyectar sentimientos como la alegría, la decepción o el duelo en las obras de arte, llegan a ser una tarea difícil. Se necesita una comprensión más allá de la nuestra para entenderlos, y también, para que los demás los comprendan. Es interesante notar que algunos de estos productos llegan a impactar de una manera tan fuerte, que consiguen dejar sin aliento a su público.



Sin lugar a dudas, Midsommar es una película que puede acertar correctamente a la crudeza de los sentimientos y a su exposición en obras artísticas. Dirigida por Ari Aster, quien podemos ubicar por presentar Hereditary (2018), presenta horror servido con una capa de duelo y realidad. La cinta, que acaba de ser estrenada este verano, ha sido elogiada por muchos y apartada por otros. Y, si bien no se trata de la mejor obra de terror que haya existido jamás, no desvía su originalidad y buena ejecución artística.


Nuestra historia cae en la vida de Dani (Florence Pugh), una universitaria que afronta el duelo de la muerte de sus padres y su hermana. Para evitar quedarse sola, la protagonista se suma al proyecto que tiene planeado su novio Christian (Jack Reynor) y los amigos de éste que tienen el propósito de viajar a Suecia, al festival Midsommar, para terminar de concluir sus tesinas. Nos enteramos que la relación de estos dos no es la mejor posible; ya que, desde el principio del filme, nos da a entender la poca estabilidad que hay entre ellos y que caen en falta de interés y atención que se notan en las relaciones que no se cuidan con el paso de los años.


Pues bien, la aventura de los personajes empieza al momento en que llegan a su destino. La película nos presenta imágenes coloridas y llamativas que nos elimina la idea de que algo malo está por acontecer. Para contextualizar, es importante saber que el evento que se celebra en dicho lugar se ejecuta cada noventa años para dar gracias a las deidades de la naturaleza. La secta que prepara este festival le da una calurosa bienvenida a sus invitados de honor y, vestidos con ropas claras y flores arriba de su cabeza, transmiten confianza y seguridad. Las actividades del festival parecen caer en lo infantil y cotidiano (como cantar y bailar en un círculo enorme), hasta que se llega a la celebración del primer día: dos ancianos se arrojan desde un precipicio, desfigurándose el rostro y otras extremidades, en sacrificio de sus dioses.



“Precisamente, Midsommar es una película que de principio a fin demuestra esta contraposición cultural al enseñarnos los diferentes puntos de vista en torno a eventos naturales, como la muerte, pero vistos desde la perspectiva de dos sociedades distintas” CINE OCULTO, 2019.

Las escenas explicitas no se apartan de la dinámica del filme, pero no es necesariamente esto lo que nos llega a alarmar de ella, sino la energía y tensión que se genera hasta llegar al segundo acto, donde hasta este punto nos habíamos acostumbrado a un manejo lento de la historia para que nos estallen escenas sexuales, sangrientas o confusas.


El terror no es necesariamente el género que describiría a este filme, ya que no se maneja una historia de este estilo. La cotidianidad del manejo de las festividades y comportamientos de la secta encargada de Midsommar es lo que llegaría a generarnos horror. Es su simplicidad la que nos hace aferrarnos al asiento, la que nos hace ruido y conflictúa la manera en que estamos acostumbrados a ver este tipo de producciones.


La cinta no se suaviza con el espectador en ningún momento, y Aster no teme mostrar imágenes que transmitan asco o disgusto. La película es extrañamente fascinante; llega a transmitirnos nerviosismo y encanto a la vez. Obras como estas no son aptas para personas con el corazón blando, pero si para aquellos que buscan algo diferente en las proyecciones actuales. La subjetividad se acompaña del arte en todo momento, así que cualquier sentimiento es válido; no obstante, este film nos pone a la deriva y cuestiona nuestros sentimientos: se atreve a destrozarnos y no llevarnos con fragilidad; se atreve a bailar con el duelo y regalarnos una sonrisa triunfal.




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